16 de junio de 2010

Verano...


Apenas cuando empezaba a no sentirme tan ajena a esta ciudad, me doy cuenta que existe un factor natural que no encaja con mi perspectiva de habitante del desierto: la lluvia. Allá en mi rancho cuando llueve es todo un suceso y como tal lo precede un espectáculo de viento, polvo, truenos, relámpagos, para finalizar en una llovizna austera; a menos que de plano caiga un chubasco y la consecuente inundación de calles, mientras estos charcos se evaporan, da pie a los enjambres de mosquitos/moyotes zumbando en los oídos mientras uno duerme.


Aquí estamos en temporada de lluvia, es decir, que la mayor parte del día está nublado y sin mucho preámbulo comienza un aguacero, en teoría la ciudad tiene un drenaje pluvial si bien siempre están bloqueadas las alcantarillas con basura. La temperatura desciende un poco pero siento frío, se supone que es un verano caluroso. Qué va...sólo de acordarme de los 40°C de allá.




Es un cambio agradable, sólo me hace falta él, caminando juntos, bordeando los charcos, amanecer abrazados mientras la lluvia se lleva nuestros más hondos temores, dejándonos el amor tan limpio, puro, húmedo.


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