17 de agosto de 2008

Sin rumbo fijo

Lo conocí un frío día de enero de 2007. Noté su parecido con un amigo y eso fue todo, pocas veía lo veía ya que él no se dejaba ver y yo formaba mi vida por otro lado. No sabía siquiera como se llamaba, pero sabía distinguirlo entre los demás pues su porte es dintiguido.

Fue en una conversación grupal donde alguien preguntó qué música nos gustaba y yo contesté que Joaquín Sabina, y seguimos argullendo sobre otros asuntos. Fue un domingo al mediodía del mes de febrero que él me llamó a casa, pretextando que le explicara no sé qué cosas, al principio le creí pero poco a poco nos alejamos del asunto por el cual llamo, nos pusimos de acuerdo para vernos y explicarle el tema que no entendía (cómo entenderlo si nunca estaba en clase). Llegue puntual al centro comercial donde me citó, él llegó un poco después.

Caminamos sin rumbo fijo mientras veíamos lo que los escaparates ofrecían, a mí no me atraía nada y él hojeaba las revistas, propuse ir a tomar un helado que yo pagué porque él no tenía planeado nada. Conversamos y yo no entendía su humar tan liviano y pueril, nada que ver con mis sarcasmos hirientes.

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