16 de mayo de 2009

La tarde marchita de domingo



Caminabamos por las calles del centro de la ciudad, después de la película del domingo. Un perro andaluz se desbocó detrás de la sopa de gato, y los novios -tú y yo- compramos los cigarros en la tienda de la esquina. La plaza como siempre está llena de música del recuerdo que para los bailarines sigue siendo el presente mientras a sus oídos lleguen los sones. El chanate grazna como la música de fondo de los demás transeúntes que se desperezan del cansancio dominguero.




Un café para agradar a la garganta y a la novia, los pasos se dirigen a la calle que dicta el eje central a esta ciudad, dejamos atrás la plaza con sus pájaros y palomas negras. Las calles resuellan un extraño eco de vacío, que se aniquila con los tacones que me sostienen. Nadie se cruza en el camino, sólo siguen presentes los pescados, las frutas y el agua a manera de esencia de mercado viejo.



No hay pasado, igual puede ser hoy que mañana o lo que estuvo un hoy hace tiempo. Las puertas ocultan lo que esconden, y las ventanas dejan escapar el polvo.

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